ADIOS A ENRIQUE MORENTE

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Hoy a las 18:30 h., en el currelo, he oído la noticia:
El cantaor y máximo representante del flamenco actual, Enrique Morente, ha muerto a los 67 años en Madrid, de una manera, cuanto menos, inesperada.

Enrique MorenteUn hombre de espíritu joven, renovador, con inquietudes y valentía para llevarlas a cabo. Fuera de sus estándares, se juntó a Lagartija Nick para cantar a Leonard Cohen y Lorca, a los Planetas, a Sr. Chinarro, y con el grupo ruidoso por antonomasia, los estadounidenses Sonic Youth. Ni su joven y conocida hija Estrella, se atrevería.  

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Por el devenir de la vida, aún tengo un especial recuerdo de mi primer encuentro con el Maestro.

Sí, así oí que le llamaban, y así le llamé la segunda vez que coincidí con él en un sitio curioso, la entrada del palacete de la SGAE en Madrid. Fue él, el que al ver que le miraba porque le había reconocido, me saludó con un “Buenas tardes”, “Buenas Tardes, Maestro”, le respondí, esbozó una sonrisa cómplice y entró al edificio.

La primera había sido en Marzo de 1994, en la Factoría de Granada. Junto a mi hermano Chiri y Oscar Sarmiento,  acudimos al 7º Espárrago Rock, a disfrutar de nuestro primer festival grande.

Bien entrada la madrugada, en ese garito, Enrique tomaba un güisqui con Antonio Arias de Lagartija Nick, y con esa nocturnidad y alevosía, estaban tramando uno de los discos claves de la música popular española, Omega.

Por allí, también pululaba Eric Jiménez, batería del mismo grupo. Y recuerdo que por la mañana habíamos saludado a “J” de Los Planetas, de los que acabaría formando parte.

Siempre que escucho ‘Un buen día’ pienso que todo sucede en ese bar.

Esa noche, también intercambiamos unas palabras con Manu Chao, todavía en Manonegra.

La tercera, sería el domingo 7 de abril de 2002, en La Riviera de Madrid, el día del adiós de Los Enemigos, que por tercer día consecutivo llenaban la sala madrileña –de uno, que estaba previsto-. Era en la zona VIP, y por allí también estaban Javier Bardem y Luis Tosar, el primero quedó rápidamente rodeado de mujeres, y al segundo le entró nuestro amigo Charlie para hablarle de Flores De Otro Mundo, que había rodado en Cantalojas.

Morente llevaba una bonita camisa formada por círculos que contenían una M, ¿sería por el apellido? ¡Yo creo que era por lo de MAESTRO

Autor: Tanano

  • Sigfredo Haro

    Descanse en paz

  • Anónimo

    Este año tuve la suerte de ver a este Sr. cantando junto a Lagartija Nick con el espectáculo Omega.
    A mí el flamenco no me tira mucho, por no decir nada, tal vez será por la saturación flamenca que tenemos por aquí abajo.

    Sin embago, cuando supe que iba a tocar en el teatro de la Axerquía, me ilusioné porque iba a ver un espectáculo que, a priori, era diferente a mucho de lo que se puede ver por aquí.

    Llegamos y el teatro estaba repleto de gente, poco a poco empezaron a entrar los músicos, y después, Enrique; me sorprendió porque no empezó a cantar, sino que se puso a explicar en lo que consistía el espectáculo que iba a comenzar, diciéndonos los distintos palos y la manera en que había pensado en esta mezcla de flamenco y rock, del cuál era un apasionado.
    Todo esto me sorprendió porque me hizo ver a un adelantado musical, a una persona para lo que la música no era solo disfrutar personalmente, sino en alguien que disfrutaba explicando, dando sus conocimientos e inquitudes musicales a los demás.
    Con eso me quedo, con la persona que más allá de demostrar su dominio y su buen hacer musical, quiere hacernos copartícipes de ello, y , que mejor manera que aclarando lo que hacía para disfrute de todos.

    En un momento dado, dedicó una canción a otro genio recientemente fallecido, su Maikel Yanson (así lo refirió para descojone del personal). Supongo que ahora estarán pegándose la fiesta padre ahí arriba.

    Hasta siempre maestro !

  • Anónimo

    Un verdadero artista. Simplemente.Y lo más complicado

  • Os transcribo una reseña sobre el disco Omega:

    “Omega cósmico
    El gran aldabonazo en la carrera morentiana es, sin duda, un disco del que todavía se habla hoy día, se hacen tesis universitarias o se escriben libros: ‘Omega’

    Jesús Arias / Granada | Actualizado 13.12.2010 – 17:56

    Enrique Morente, durante una actuación. / G. H.

    Memorabilia de ‘Omega’, desde la portada del CD al parte de grabación. / G. H.
    Artículos relacionados

    La cultura llora la pérdida de Morente
    3 comentarios16 votosSi Camarón de la Isla es el Príncipe de los Gitanos, Enrique Morente es el Rey de los Payos. La sagacidad, la genialidad y su visión cósmica de entender el flamenco lo han convertido en uno de los más grandes maestros en la historia del cante jondo. Discos como Misa flamenca o Fantasía del cante jondo-Alegro soleá son auténticas obras maestras. Pero el gran aldabonazo en la carrera morentiana es, sin duda, un disco del que todavía se habla hoy día, se hacen tesis universitarias o se escriben libros: Omega.

    Gestado en un largo embarazo que duró desde el verano de 1995 hasta comienzos de 1997, Omega supuso un tremendo choque de trenes cuyo impacto supera todavía a los flamencos de hoy: la unión, o mejor dicho, la confrontación, entre el cante jondo de Morente y el rabioso punk de la banda granadina Lagartija Nick. Fue un experimento extraño, sin precedentes y, por ahora, sin secuelas, como las grandes obras maestras.

    Morente andaba en 1995 trabajando en un disco muy personal que pretendía ser un homenaje al cantautor canadiense Leonard Cohen. Fue durante ese proceso cuando, a través de Cohen, en temas como Take this waltz cuando el cantaor granadino vio un nuevo camino que explorar: la poesía salvaje y sin concesiones de Federico García Lorca en Poeta en Nueva York. Enrique Morente había trabajado muchísimo a Lorca y lo había venerado, como bien muestra en el disco Enrique Morente, en la casa natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Pero en Poeta en Nueva York vio un reto de los tremendos, de los que le gustan a él.

    Fruto de la casualidad, se topó de pronto con el grupo Lagartija Nick, que lo buscaba desde hacía tiempo para hacer una versión del poema Omega. Aquella coincidencia de ambos en Poeta en Nueva York parecía como una llamada del destino que Morente supo que sería profeta cuando escuchó al batería de Lagartija Nick, Eric Jiménez, aporrear por bulerías la barra de un pub nocturno. El experimento podría resultar interesante, pensó entonces el cantaor quien, tras escuchar un día al grupo en su ensayo, gritó entusiasta: “¡Yo ya no quiero ser cantaor, quiero ser cantante de rock!”.

    El de Omega fue un proceso largo y meticuloso: el proyecto requería una lectura concienzuda de Poeta en Nueva York, un darle la vuelta al libro, abrirlo de cuajo y sacarle todas las tripas para verle todas sus cosas. La selección de poemas debía resultar cuidadosa y todo debía encajar, además, con los temas que Morente quería hacer de Leonard Cohen. Era como abrir la caja de Pandora y era frecuente encontrarse a Morente y los Lagartija Nick enfrascados en largas conversaciones a las tantas de la madrugada en el pub La Tertulia mientras jugaban al ajedrez y bebían whisky. Discusiones, más discusiones, ensayos fructíferos, ensayos fallidos, confluencia de modos de trabajar.

    Uno de aquellos días, Morente encontró el camino a seguir cuando dijo, ante las críticas que comenzaba a oír a su alrededor por parte de los flamenkólicos que decían que por ahí, con una banda punk, no iba a ningún sitio bueno: “Si un cantaor clava a la perfección una seguiriya o una soleá, da igual que el acompañamiento sea un yunque, una guitarra flamenca, una orquesta sinfónica o una banda de rock. Lo que debe hacer es clavar a la perfección la seguiriya”. Y ahí dio en el clavo.

    Temas como Pequeño vals vienés, Aleluya o Manhattan, de Leonard Cohen, pronto se dieron la mano con piezas como Niña ahogada en un pozo, Omega, La aurora de Nueva York, Ciudad sin sueño o Norma y paraíso de los negros, de Federico García Lorca. Y pronto, el entorno de Enrique Morente y Lagartija Nick se pobló de colaboradores dispuestos a entrar de cabeza en aquella locura, artistas que intuían el enorme potencial del trabajo: Tomatito, Vicente Amigo, Miguel Ángel Cortés, Isidro Muñoz o Cañizares, entre otros.

    Sin embargo, no todos tenían aquella visión transcendental del disco. Sony, el sello discográfico en el que estaba Lagartija Nick en aquel momento, se negó en redondo a financiar el proyecto. Llamaron a muchas otras puertas y todas ellas se les cerraron. El cantaor no podía entender cómo nadie intuía el valor del trabajo. Llego incluso a plantearse grabar el disco en su propia casa y hasta compró el equipo necesario para ello. Finalmente, la revista El Europeo, cuyos responsables sí comprendieron el peso de la idea, decidió apoyar a Morente y Lagartija Nick y crear un sello discográfico expresamente para Omega.

    Una vez que Morente vio la salida del túnel, fluyeron las ideas como el mercurio. Omega, el tema, tenía una duración de 11 minutos, grabaciones de cantaores ya muertos, el sonido rítmico de la Procesión del Silencio de Granada. Pero había más: Morente había decidido ponerle música al Solo del pastor bobo de la obra lorquiana El público y hasta se atrevió a meter unos cantes en inglés con versos de Walt Whitman. Se trataba de una locura que iba desde la psicodelia por cañas de Ciudad sin sueño a la hermosura armónica de Adán. Al oír las maquetas, la gente se quedaba helada: nadie sabía si aquello era una genialidad o un desastre, pero todos coincidían en lo mismo. “Esto no tiene precedentes en la historia del flamenco”. Y eso era lo que Morente, convertido ya en el máximo valedor de Omega contra viento y marea, era lo que quería escuchar para tirar hacia delante de una vez por todas.

    Cuando el disco salió, fue un hachazo. El público lo aceptó de inmediato. El público rockero se entusiasmó, como ya lo había hecho en un concierto en directo de Lagartija Nick en Armilla en el que Morente se subió a interpretar algunos de los temas de Omega. Fue conmovedor el instante en el que Eduardo Rodríguez Valdivieso, el amigo de Lorca al que el poeta le había escrito sus mas profundas cartas de amor, leyó el poema Omega ante un auditorio mayoritariamente punkie. El silencio del público al escucharlo ya lo decía todo: era premonitorio del éxito que llegaría después.

    Con el disco llegaron los conciertos, y con los conciertos, Enrique Morente fue conocido masivamente por el público de los grandes festivales de rock. Allí donde presentaban Omega, las audiencias enloquecían. El Espárrago Rock de Granada confirmó que el disco sería un trabajo histórico que soportaría perfectamente el paso de los años. Desde Canadá, Leonard Cohen decía que era uno de los álbumes que más le habían emocionado jamás. Omega rápidamente traspasó fronteras: ya era internacional.

    A lo largo de los años, y hasta hoy, Morente y Lagartija Nick deben reunirse un par de veces o tres al año para tocar juntos Omega en Nueva York, como hicieron ante un público en el que se encontraban Lou Reed y las hermanas de Cohen, México DF, París, Buenos Aires… Todos los públicos reclaman Omega y todo el mundo recuerda Omega. Es uno de los mejores discos de la década de los noventa, ovacionado unánimemente por la crítica flamenca… y la crítica rockera. Hoy es una referencia, un trabajo indispensable en cualquier joven que quiere adentrarse en el cante jondo sin renunciar a la experimentación vanguardista. Y en el centro de todo ello, Enrique Morente, el cantaor inquieto, cósmico, curioso con todo, creativo siempre. El Rey de los Payos”.

    [url]http://www.eldiadecordoba.es/article/ocio/856524/gran/aldabonazo/su/carrera/omega.html[/url]

  • Os transcribo una reseña sobre el disco Omega:

    “Omega cósmico
    El gran aldabonazo en la carrera morentiana es, sin duda, un disco del que todavía se habla hoy día, se hacen tesis universitarias o se escriben libros: ‘Omega’

    Jesús Arias / Granada | Actualizado 13.12.2010 – 17:56

    Enrique Morente, durante una actuación. / G. H.

    Memorabilia de ‘Omega’, desde la portada del CD al parte de grabación. / G. H.
    Artículos relacionados

    La cultura llora la pérdida de Morente
    3 comentarios16 votosSi Camarón de la Isla es el Príncipe de los Gitanos, Enrique Morente es el Rey de los Payos. La sagacidad, la genialidad y su visión cósmica de entender el flamenco lo han convertido en uno de los más grandes maestros en la historia del cante jondo. Discos como Misa flamenca o Fantasía del cante jondo-Alegro soleá son auténticas obras maestras. Pero el gran aldabonazo en la carrera morentiana es, sin duda, un disco del que todavía se habla hoy día, se hacen tesis universitarias o se escriben libros: Omega.

    Gestado en un largo embarazo que duró desde el verano de 1995 hasta comienzos de 1997, Omega supuso un tremendo choque de trenes cuyo impacto supera todavía a los flamencos de hoy: la unión, o mejor dicho, la confrontación, entre el cante jondo de Morente y el rabioso punk de la banda granadina Lagartija Nick. Fue un experimento extraño, sin precedentes y, por ahora, sin secuelas, como las grandes obras maestras.

    Morente andaba en 1995 trabajando en un disco muy personal que pretendía ser un homenaje al cantautor canadiense Leonard Cohen. Fue durante ese proceso cuando, a través de Cohen, en temas como Take this waltz cuando el cantaor granadino vio un nuevo camino que explorar: la poesía salvaje y sin concesiones de Federico García Lorca en Poeta en Nueva York. Enrique Morente había trabajado muchísimo a Lorca y lo había venerado, como bien muestra en el disco Enrique Morente, en la casa natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Pero en Poeta en Nueva York vio un reto de los tremendos, de los que le gustan a él.

    Fruto de la casualidad, se topó de pronto con el grupo Lagartija Nick, que lo buscaba desde hacía tiempo para hacer una versión del poema Omega. Aquella coincidencia de ambos en Poeta en Nueva York parecía como una llamada del destino que Morente supo que sería profeta cuando escuchó al batería de Lagartija Nick, Eric Jiménez, aporrear por bulerías la barra de un pub nocturno. El experimento podría resultar interesante, pensó entonces el cantaor quien, tras escuchar un día al grupo en su ensayo, gritó entusiasta: “¡Yo ya no quiero ser cantaor, quiero ser cantante de rock!”.

    El de Omega fue un proceso largo y meticuloso: el proyecto requería una lectura concienzuda de Poeta en Nueva York, un darle la vuelta al libro, abrirlo de cuajo y sacarle todas las tripas para verle todas sus cosas. La selección de poemas debía resultar cuidadosa y todo debía encajar, además, con los temas que Morente quería hacer de Leonard Cohen. Era como abrir la caja de Pandora y era frecuente encontrarse a Morente y los Lagartija Nick enfrascados en largas conversaciones a las tantas de la madrugada en el pub La Tertulia mientras jugaban al ajedrez y bebían whisky. Discusiones, más discusiones, ensayos fructíferos, ensayos fallidos, confluencia de modos de trabajar.

    Uno de aquellos días, Morente encontró el camino a seguir cuando dijo, ante las críticas que comenzaba a oír a su alrededor por parte de los flamenkólicos que decían que por ahí, con una banda punk, no iba a ningún sitio bueno: “Si un cantaor clava a la perfección una seguiriya o una soleá, da igual que el acompañamiento sea un yunque, una guitarra flamenca, una orquesta sinfónica o una banda de rock. Lo que debe hacer es clavar a la perfección la seguiriya”. Y ahí dio en el clavo.

    Temas como Pequeño vals vienés, Aleluya o Manhattan, de Leonard Cohen, pronto se dieron la mano con piezas como Niña ahogada en un pozo, Omega, La aurora de Nueva York, Ciudad sin sueño o Norma y paraíso de los negros, de Federico García Lorca. Y pronto, el entorno de Enrique Morente y Lagartija Nick se pobló de colaboradores dispuestos a entrar de cabeza en aquella locura, artistas que intuían el enorme potencial del trabajo: Tomatito, Vicente Amigo, Miguel Ángel Cortés, Isidro Muñoz o Cañizares, entre otros.

    Sin embargo, no todos tenían aquella visión transcendental del disco. Sony, el sello discográfico en el que estaba Lagartija Nick en aquel momento, se negó en redondo a financiar el proyecto. Llamaron a muchas otras puertas y todas ellas se les cerraron. El cantaor no podía entender cómo nadie intuía el valor del trabajo. Llego incluso a plantearse grabar el disco en su propia casa y hasta compró el equipo necesario para ello. Finalmente, la revista El Europeo, cuyos responsables sí comprendieron el peso de la idea, decidió apoyar a Morente y Lagartija Nick y crear un sello discográfico expresamente para Omega.

    Una vez que Morente vio la salida del túnel, fluyeron las ideas como el mercurio. Omega, el tema, tenía una duración de 11 minutos, grabaciones de cantaores ya muertos, el sonido rítmico de la Procesión del Silencio de Granada. Pero había más: Morente había decidido ponerle música al Solo del pastor bobo de la obra lorquiana El público y hasta se atrevió a meter unos cantes en inglés con versos de Walt Whitman. Se trataba de una locura que iba desde la psicodelia por cañas de Ciudad sin sueño a la hermosura armónica de Adán. Al oír las maquetas, la gente se quedaba helada: nadie sabía si aquello era una genialidad o un desastre, pero todos coincidían en lo mismo. “Esto no tiene precedentes en la historia del flamenco”. Y eso era lo que Morente, convertido ya en el máximo valedor de Omega contra viento y marea, era lo que quería escuchar para tirar hacia delante de una vez por todas.

    Cuando el disco salió, fue un hachazo. El público lo aceptó de inmediato. El público rockero se entusiasmó, como ya lo había hecho en un concierto en directo de Lagartija Nick en Armilla en el que Morente se subió a interpretar algunos de los temas de Omega. Fue conmovedor el instante en el que Eduardo Rodríguez Valdivieso, el amigo de Lorca al que el poeta le había escrito sus mas profundas cartas de amor, leyó el poema Omega ante un auditorio mayoritariamente punkie. El silencio del público al escucharlo ya lo decía todo: era premonitorio del éxito que llegaría después.

    Con el disco llegaron los conciertos, y con los conciertos, Enrique Morente fue conocido masivamente por el público de los grandes festivales de rock. Allí donde presentaban Omega, las audiencias enloquecían. El Espárrago Rock de Granada confirmó que el disco sería un trabajo histórico que soportaría perfectamente el paso de los años. Desde Canadá, Leonard Cohen decía que era uno de los álbumes que más le habían emocionado jamás. Omega rápidamente traspasó fronteras: ya era internacional.

    A lo largo de los años, y hasta hoy, Morente y Lagartija Nick deben reunirse un par de veces o tres al año para tocar juntos Omega en Nueva York, como hicieron ante un público en el que se encontraban Lou Reed y las hermanas de Cohen, México DF, París, Buenos Aires… Todos los públicos reclaman Omega y todo el mundo recuerda Omega. Es uno de los mejores discos de la década de los noventa, ovacionado unánimemente por la crítica flamenca… y la crítica rockera. Hoy es una referencia, un trabajo indispensable en cualquier joven que quiere adentrarse en el cante jondo sin renunciar a la experimentación vanguardista. Y en el centro de todo ello, Enrique Morente, el cantaor inquieto, cósmico, curioso con todo, creativo siempre. El Rey de los Payos”.

    [url]http://www.eldiadecordoba.es/article/ocio/856524/gran/aldabonazo/su/carrera/omega.html[/url]

  • Anónimo

    Una pena. Lo que ha hecho este hombre por el flamenco no será debidamente reconocido en muchos años. La muestra de que una cosa es la fusión con conocimiento de causa, innovando y enriqueciendo y otra la con-fusión tan de moda en estos tiempos.

    Adiós, maestro.

  • Anónimo

    Me pasa lo que a Corduba; aunque el flamenco no es mi palo, la gente que sabe apreciar “el duende, el genio y el gusto por lo auténtico” llora hoy la pérdida de uno de sus máximos referentes.

    Casualmente, otro Maestro, José Ignacio Lapido, le dedicaba uno de sus temas en el concierto del viernes pasado en Madrid, y en esa breve dedicatoria (“para un amigo que está pasando por un momento delicado”), dejó bien clara su admiración y respeto por la figura de Morente, granaíno de pro como Lapido.

    Me sumo a ambas consideraciones…

    Hasta siempre, Don Enrique…

  • Anónimo

    Cuando me enteré de su colaboración con Sonic Youth no me lo podía creer !! que grande.

  • Anónimo

    a mi nunca me “lleno” del todo morente, pero siempre he sabido apreciar su arte, su capacidad de innovar, de arriesgar de buscar nuevas metas, horizontes;
    y eso amigos ,en el arte es algo muy grande cuando se hace como lo hizo este artista, con gran maestria y calidad.

    un brindis por morente!