Alta Tensión: Para Antonio Vega y su Nacha Pop

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Hoy he visto caer a trozos
la barrera del sonido,
y brotar de entre los escombros
horizontes hasta ayer prohibidos.

Caminos hacia el frío
calor futuro.

Hoy he visto lanzar la flecha
y llover fuego del cielo,
recordando que del espacio
el principio-fin está en el suelo.

He sentido como ruge el mar
y la tierra abrirse de par en par,
un abismo que sonrie e invita a entrar
en un juego sin legalizar.

No me iré mañana
no sin antes algo más que ver,
no me iré mañana
aun es pronto para envejecer,

No me iré mañana
no sin nadie más que conocer…

Caminos hacia el frío
calor futuro,
mirar este mundo en paz
y nunca de reojo más.

Todo llega a su fin. Si hay una máxima verdadera en esta jodida vida, es ésta. Y Antonio Vega ha llegado al final del camino, sin vuelta atrás.

Antes de que Los Enemigos aparecieran en el panorama musical, servidor fue un enamorado irredento de Nacha Pop. La alambicada compenetración entre sus dos líderes, los primos Vega, Nacho y Antonio, fue lo que inicialmente me sedujo. No solamente su capacidad fecunda al escribir canciones, sino su combinación guitarrera, su perfecta combinación entre la rítmica y la solista; al final, acababan por confundirse en una armonía sublime.

Antonio Vega fue, para mí y ante todo, un muy solvente guitarrista. Un guitarrista muy reconocible. Antonio siempre quiso, en el fondo, que se le reconociera por sus virtudes a la guitarra. De hecho, sacó su álbum más guitarrero, después de su separación de Nacha Pop, el espléndido y olvidado “No Me Iré Mañana”, reivindicando su papel, una seña maestra de identidad. Aquí estoy yo, soy guitarrista por encima de todo.

Pero, mal que le pesara a Antonio, siempre fue reconocido como un espléndido escritor de canciones. Sobre todo, porque conservaba una riqueza interior inusual. Conservaba celosamente su mundo propio. Y lo escupía en canciones dolorosamente bellas.

Dolor. Hace tiempo, poco tiempo, leía a Paul Tehroux en una entrevista, en la que afirmaba que para ser escritor se debía sentir la infelicidad. , por decirlo de otra manera, la gente feliz, no puede plantearse dedicarse a la literatura. Realmente, Antonio plasmaba su sangre dolorida en muchas de sus canciones. Y era un maestro del lenguaje. De las imágenes creadas con las palabras. Palabras aceradas, revestidas de soledad. Pero también rondaba el optimismo. Aunque con un velo de amargura, en ocasiones apenas entrevisto.

Cuando gente como Antonio se va de este mundo material, parte de ti se aleja con ellos. Parece como si, aceptando la última reunión con Nacho García Vega, Antonio vislumbrara el final. Quería sentirse vivo, con Nacho y su guitarra complementando su plasticidad. Sentirse vivo de nuevo. Disfrutó mucho con la gira. Se prestó a ello, después de numerosas tentativas ásperamente rechazadas. Quizás sintiera que era el momento. El momento de la despedida. Despedirse como empezó. Junto a su primo, en un duelo de guitarras.

Nacha Pop ya no existirá. Solamente existe en mi educación sentimental más recóndita e imperecedera. Días de descubrimientos excitantes: “Buena Disposición” es parte de mi memoria espiritual y uno de mis discos de cabecera. Si se ha ido Antonio, nada volverá. Y está bien que así sea.

Antonio Vega, Nacha Pop. Vestigios de la buena música en castellano. La honda desolación que ahora siento quizá me anime a poner de nuevo a Antonio para escucharle decir “un momento en una agenda, una décima de segundo más, vuela, va saltando de hoja en hoja, mil millones de instantes de que hablar….” Y seguro que me pongo a llorar. Por él, por mi, por todos aquellos instantes pasados, por toda tu vida que se desliza hacia el final. Lloraré recordando los botes que pegábamos al ritmo de “Nadie Puede Parar”