Canciones de Mesa Camilla para un tiburón callejero

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Deslumbrado, agitado, renovado. Después de mis correrías por el Sur vuelvo al Norte. Aunque quiera perderlo. Granada ha sido un lugar esencial en mis juergas sureñas. Y Chico Ocaña patrón fundamental de una noche de viernes enloquecida.

Chico ha dejado definitivamente atrás su pasado con Los Martires del Compás. Esos mártires del flamenco billy, arropados por la poesía del trovador de San Roque, que no de Sevilla “una maravilla si no fuera por los sevillanos” según el propio Ocaña “salvando excepciones claro”.

Chico tiene nuevo grupo, después de doce años con los Mártires, excelsos intérpretes de un flamenco ácido, crítico y corrosivo, con influencias del rock que Chico escuchaba en su adolescencia en Radio Gibraltar.

El grupo de Chico es poderoso: Antonio “El Remendao”, guitarrista solista y licenciado en Musicología por la Universidad de Salamanca, además de puta de sesión de muchos músicos nacionales; el autodidacta Chemi López, de poderío físico y musical descomunal, a la guitarra rítmica, efervescente; el Jonny, percusionista esplendoroso y Sergio García, bajista académico y rabioso.

El nuevo disco de Chico, el primero sin sus Mártires, se titula “Canciones de Mesa Camilla” y torpedea a la clase política, a la situación de Andalucía (“Granada solamente existe para el turismo”, espetó Chico a la audiencia), los pisos de treinta metros cuadraos, el amor sin sal, los chiringuitos. Adereza esta maravilla con una versión enloquecía de “Vete”, el clásico de Los Amaya.

La mordacidad venenosa de Chico se destapó en todo su esplendor en el Teatro Las Chumberas del Sacromonte granaíno. Felizmente, estuve allí: en el corazón gitano de Granada, con la Alhambra al fondo (“no tocamos en condiciones adecuadas; a pesar de la maravilla que tenemos detrás, del este fondo de postal, el cristal hace que el sonido reverbere” Ocaña dixit), con un público entregao de antemano, enfervorizado. Sin concesiones al pasado, Chico desgranó una por una las canciones de su nuevo repertorio. Diez nuevas coplillas, diez.

La calle: ese espacio infinito, inabarcable que Chico parece haber interiorizado. Chico desmenuza la cotidianeidad, con precisión de cirujano, pero con mordacidad mordiente, un auténtico tiburón callejero. Y con esa alegría que alberga su alma bregá.