Efémerides de un día cualquiera

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Hoy parece un día raro, extraño. Emociones muy intensas me sobrevienen hoy, unas por la vertiente más íntima y otras por ser un día en el que tres de mis más admirados músicos cumplen variadas efemérides. Obviamente, es el cumpleaños de John Lennon; la muerte de John, su asesinato, que me pilló con doce años, fue el primer evento trágico y dramático con el que me golpeó la vida (luego vinieron muchos más, claro está), en un período de la infancia en el que ya empiezas a cuestionarte muchas cosas. Y en un período, también, en el que creía que con Lennon la música moría irremediablemente. Típico error de la muy temprana adolescencia.

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Hoy hace treinta años de la muerte de otro monstruo escénico, de un intérprete completamente radical, subversivo y francamente bastante desconocido en España. Estoy hablando del belga Jacques Brel, un burgués acomodado que arremetió contra su propio mundo, desvaído, zafio y rematadamente gris.

Hoy es un día grande, en Bélgica y en Francia, para todos los amantes de la música. Se conmemora la muerte de Brel, ocasionada por un cáncer fulminante, a los 49 años de edad. Su fuerza expresiva en el escenario es completamente electrizante, algo poderoso, como si una tempestad tomara al asalto las almas suspensas de los espectadores atónitos.

Sus textos componen una obra poética llena de matices, repleta de formas literarias impecablemente aplicadas, construidas para ser el soporte de un alma quebrada, un alma que se sentía completamente abandonada, tanto por su clase social, como por su propio país. Brel se sentía un apátrida. Fuera de la sociedad, fuera de un mundo, del que escapó para morir en una isla del Pacífico, tal y como hizo otro ser atormentado, Robert Louis Stevenson, quien yace bajo el límpido cielo de la Polinesia.

La pura emoción, la inmediatez, la música que nace de las entrañas también está hoy de enhorabuena, aunque ahora nos alejemos de los quebradizos terrenos de la muerte. Es un día esplendoroso porque uno de los pianistas más geniales todavía vivos cumple noventa años.

Bebo de Cuba, Bebo Valdés, uno de los pianistas más asombrosos que haya escuchado (he tenido el privilegio enorme de poderle escuchar en directo y, esto, er, sin el aflamencao y sumamente aprovechao El Cigala), se acerca de puntillas al ocaso de sus días. Lasa manos prodigiosas de Bebo se juntan con las de su hijo Chucho (quién también cumple hoy años, 67) en un disco que sale precisamente hoy, titulado “Juntos Para Siempre”, un disco a cuatro manos.

La humildad, normalidad del gran Bebo puede ser una sólida lección para muchos divos que no le llegan, ni de lejos, a la suela del zapato. Divos de cualquier género musical, pero que nos invaden, de manera irremediable. Bebo es un músico. Y punto. Un músico genial, que nada tiene que demostrar a nadie, sin rastro de vanaglorias y florituras extramusicales. Se pasó treinta años en la sombra, es decir, tocando en gélidos e impersonales hoteles suecos, después de haber hecho historia en la música cubana.

Y ahí le tienen, sin elevar la voz, tan joven como hace cincuenta años.

El piano de Bebo, para mí, es sinónimo de música celestial. De música con mayúsculas. De música que brota del corazón. Y también Brel y Lennon comprendieron la necesidad de que la música surgiera del alma, de lo más íntimo.

Y eso puedo contar en un día extraño, repleto de fuerzas contrapuestas, repleto de efemérides. Un día que, personalmente, me ha descolocado. Pero dicen que mañana será otro día. Vamos a ello.