El Cuarto Oscuro: Jim Gordon

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Siempre he sentido una curiosidad especial ante el puesto de baterista. Más que en el instrumento en sí, en la personalidad peculiar del puesto de cancerbero de la banda. Al instrumento le he cogido un afecto especial, sobre todo, desde que me aficioné apasionadamente al jazz, fuente musical en la que los bateristas juegan un papel especialmente dichoso. Descubrí, gracias a gente como Elvin Jones, Art Blakey o Jo Jones, que la batería era un ingrediente y un instrumento fundamental, una modulación rítmica mágica.

Ese aprendizaje que recibí plenamente del jazz me ha servido para valorar y apreciar en su justa medida a los bateristas de rock. Si os habéis dado cuenta, este cuarto oscuro ya alberga a dos bateristas de una valía incalculable: Jim Keltner y Al Jackson Jr. Ahora le toca el turno a otro ilustre desconocido, un personaje apasionante, que refuerza mi inclinación hacia los instrumentistas escondidos detrás de las brillantes candilejas: mi pasión por personajes como Ringo, Levon Helm, Charlie Watts, Hal Blaine…….se ve reforzada con la aparición aquí y ahora de Jim Gordon, una personalidad intrínsicamente compleja.

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Frank Zappa, George Harrison, The Byrds, Randy Newman, Lowell George, Dr John, John Lennon, Leon Russell…………todos ellos tienen en común haber contado con la colaboración de Gordon a los timbales.

Gordon nació en Los Angeles en 1945 y fue un baterista prodigio que a los 17 años ya acompañaba a los Everly Brothers en 1963 y pronto fue requerido para tocar en sesiones de grabación, bajo los generosos auspicios de otro grande baterista, Hal Blaine, especialmente conocido por ser un fiel colaborador de Phil Spector. Así, Gordon colabora en absolutas obras maestras como “Pet Sounds” de los Beach Boys o “The Notorious Byrd Brothers” de los Byrds. Su agenda es frenética y, en muchas ocasiones, tiene que volar en un día desde Las Vegas a Los Angeles, en donde participa en hasta tres sesiones de grabación consecutivas y distintas, y vuelta a Las Vegas para ofrecer un concierto a las ocho de la tarde.

De 1969 a 1970, probablemente Gordon sea el baterista más solicitado de la costa oeste norteamericana, un perfecto y curtido complemente para lo más granado de la música rock. Se va de gira con Delaney y Bonnie, junto a Eric Clapton: se fragua lo que más tarde se convertirá en uno de los discos más fascinantes de la historia del rock. “Layla and other assorted love songs”, firmado por Derek and The Dominos, que no son otros que el propio Gordon, Bobby Whitlock a los teclados, Carl Radle al bajo, y Eric Clapton y Duane Allman a las celestiales guitarras. El propio Gordon es el coautor de la inolvidable “Layla”, el tema inmortal en el que Gordon aportó la genial línea de piano.

El grupo apenas duró un año escaso, aunque su legado es imperecedero. Durante las sesiones de “Layla”, la heroína y la cocaína eran ingredientes completamente inherentes a la vida de la banda. Clapton acabó hundido, entre vapores alcohólicos y polvo blanco y Gordon empezó a experimentar pequeños brotes esquizofrénicos que se agravaban alarmantemente con ayuda de las drogas.

Bastante desequilibrado, Gordon continúa explayándose con su batería: se une a la banda de Joe Coker durante 1970 y se alista en Traffic (la banda de Stevie Winwood) para salir de gira en 1971. También graba con Dave Mason en su espléndido trabajo de 1970 “Alone Together”, aunque destacaría su aportación a la banda de Frank Zappa: participa en su gira “Grand Wazoo” (en la que participan hasta 20 músicos, otra típica extravagancia del barbudo) y colabora en el genial “Apostrophe”, junto a un perfecto complemento como el bajista Jack Bruce, antiguo miembro de Cream.

A finales de los setenta, Gordon (quien no había reducido sus habituales dosis de alcohol y narcóticos) comienza a mostrar evidentes signos esquizofrénicos, afirmando que escuchaba voces internas provenientes de su madre. Desgraciadamente, sus médicos achacan las alucinaciones a un exceso de alcohol y la enfermedad no hace más que gravarse.

En junio de 1983, con un Gordon ya retirado de la vida y mascullando demonios interiores, mata a su madre con un martillo y es sentenciado a 16 años de prisión.

Todo un artista, un baterista impecable, siempre en el tono justo, versátil y camaleónico, Gordon sucumbe a los demonios interiores de una vida secretamente atormentada. Una dualidad alucinante: tocó con los mejores, era solicitado por los mejores, pero su secreta personalidad, su alma destrozada sufría desesperadamente. En la actualidad todavía se encuentra en prisión.

Un final completamente terrorífico para uno de los bateristas más precisos, prolíficos y versátiles de la historia del rock.

Con Derek and The Dominos en el show de Johnny Cash