Exabruptos de un lunático cuarentón, apasionado de la música

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Uno tiene sus manías, como todo el mundo. Una de las más arraigadas es la de investigar, casi obsesivamente, en los créditos de los discos que adquiero. Aparte del sonido, y consideraciones sobre derechos de autor aparte, siempre he defendido la compra de discos originales, precisamente para conocer de primera mano quién toca en este u otro tema, a quién se da las gracias, qué comentarios se incluyen…..en definitiva, el disco es un objeto valioso, informativamente hablando.

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Cierto es que el consumo de música ha variado considerablemente y la calidad ha disminuido de manera un tanto escandalosa. Considerando que la cultura musical en España sigue siendo bastante pobre, es desalentador comprobar como las nuevas generaciones (con las excepciones que siempre existen y que siguen dignificando a los aficionados de la música) se apuntan al consumo casi mareante de, sobre todo, canciones encapsuladas en un fichero informático que desmerecen el sonido original y los esfuerzos de ingenieros, productores y artistas. Y, lo que es más importante, se ha perdido, en general, la perspectiva de la obra de un artista en concreto.

Y me explico: habiendo crecido el consumo esporádico y suelto de canciones, no puede tenerse una perspectiva general para valorar de forma objetiva la obra de un solista o de una banda en concreto. A nadie se le puede juzgar por una canción de tres minutos, sino por la evolución de su carrera y sus hallazgos artísticos a lo largo de un período medianamente largo, teniendo en cuenta además que la vida artística varía de una banda a otra o de un solista a otro. A todo ello, habría que añadir la estomagante avalancha de grupos nuevos, intérpretes que se arrogan fatuamente el calificativo de músicos cuando solamente tienen un disco publicado. Y si le añadimos la voraz ansia de consumo que se ha instalado a todos los niveles, no solo en el musical, aparece el concepto del McDonald’s musical. Estamos inmersos en una suerte de “fast food” musical. Priman las canciones, no los álbumes considerados como obras completas.

Atrás quedaron aquellos días excitantes en los que, con una ilusión propia de un niño que ahorra para comprarse su juguete anhelado durante meses, acudíamos a la tienda de discos y nos agenciábamos ese álbum que habíamos acariciado con un gozo anticipado en días y visitas anteriores. Estas visitas servían para explorar la tienda y elegir minuciosamente la próxima y suculenta compra. Nunca olvidaré mi ilusión al comprarme con mi primera remuneración, a los quince años, el “Exile On Main Street” de los Stones y mi salvaje excitación hasta llegar a casa y sacar el vinilo cuidadosamente, introducirle en el plato y, con un temblor apenas disimulado, colocar la aguja en el primer corte. Mi escasa y muy limitada cultura musical se cimentó, de manera sólida, en aquellos días.

Muchas veces dudo de que, en los parámetros actuales, la música sea considerada como arte por los jóvenes que se bajan discos y que únicamente utilizan un reproductor digital para almacenar miles de canciones, sin orden ni concierto. Pero todavía cuento entre mis más suculentos placeres vitales, el acudir ceremoniosamente a una tienda de discos (¿acaso quedan algunas, de esas en las que el propietario o el dependiente te asesoraban desde su pasión y conocimientos musicales? Por fortuna todavía quedan, aunque no en mi ciudad) y bucear entre estanterías, entre los créditos indispensables…….

Y no estoy pregonando contra el formato digital. Yo mismo tengo un archivo musical digital que utilizo, pero sin mis incursiones musicales en tiendas más o menos especializadas y conocedoras de lo que atesoran y venden, y sin mis discos, mi pasión por la música carecería completamente de contenido.

Quizás, simplemente, todo se reduzca a una falta de inquietud, de curiosidad intelectual. La curiosidad (joder, ¿quién es el baterista que toca en este tema?,vaya temazo ¿quién es el compositor?) es una cualidad inherente a la juventud, al espíritu joven. Sin embargo, en general, la apatía en muchos casos es casi absoluta. Ser mero receptor de los reclamos comerciales, de las radiofórmulas de todo tipo (y no estoy solamente hablando de los cuarenta principales) debe ser muy aburrido. Y, sobre todo, abotarga la imaginación y achanta la potencial sensibilidad que todo ser humano atesora.

Pero, claro, todo esto quizás sean solamente manías de un carca musical que se ha quedado en los sesenta. Obsesiones ridículas de un cuarentón que no está en la onda, que no sigue las tendencias.

Debo ser un lunático peligroso. Bendita locura.