“Historia de una actitud”

0
109

El material que aquí se utiliza está tomado de varias entrevistas aparecidas en diferentes medios de comunicación y del libro “Corre rocker” de Sabino Méndez.
“Decíamos llamarnos punks, pero en el fondo había una palabra castellana mucho más adecuada. Eramos gamberros, sólo pacíficos y sencillos gamberros. La mejor definición que se me ocurre para un artista”.
Actitud es precisamente algo que no le falta a este personaje, una pieza histórica e insustituible dentro de la historia de nuestro rock’n’roll. “Si Rosendo es un músico que es como su público yo soy justo lo contrario: no soy como nadie”, dice sobre sí mismo este elemento de casi dos metros que se ha consolidado, por derecho, como uno de los grandes frontman de la música española.
“Escribía en revistas, tenía un programa de radio y buscaba actuaciones para Carlos Segarra. Llegué a la conclusión de que allí yo era lo fundamental y que no hacía más que dar vueltas sin darme cuenta de quién era el protagonista. Llegue a ser cantante porque era único y me miraban por la calle. Quería hacer rock español”, comenta Loquillo.
Los orígenes de Loquillo como cantante de éxito los marca su triunfo en un certamen escolar cantando el “Congratulations” de Cliff Richard, aunque no debemos olvidar sus primeros escarceos en el cabaret barcelonés Tabú ni su primera actuación en la que tuvo a Nico, la musa de la Velvet Underground, como público. El hecho no fue trascendente, pero parecía indicar un camino:”Todo el mundo era muy ortodoxo en el rock. Me dije: hay que hacer rock español y lo voy a hacer yo”, comenta recordando que su ración diaria de música pasaba por el glam de los coches de choque y los discos de los Sirex que abundaban en su casa.
Hoy, con más centímetros, una pareja estable, un hijo y una veintena de discos en su haber, es un personaje que, ante todo, no pasa desapercibido. Sus salidas de tono le han retratado tanto como sus canciones y, a la hora de hacer valoraciones, no tiene ningún reparo en señalar que “hay muchos dedos que me señalan y no es casual. En España nadie tiene mi currículum. Algún día alguien hará un estudio real sobre todo lo que he llegado a hacer”.
Cantante, compositor, productor de teatro, novelista y, sobre todo, un provocador nato cuya seña de identidad irrenunciable es la de no ser como nadie. “Yo marco mi territorio”, dice. “El personaje de Loquillo ha salvado al grupo en sus peores momentos igual que Alaska ha salvado a Fangoria. El rock’n’roll es glamour y los personajes son glamour. El grupo de rock que se precie tiene que tener algo de inalcanzable, de diferente. Lo que ocurre es que aquí eres mejor cuanto más mediocre eres: se premia el no destacar, el no hablar más de la cuenta. Si yo no tuviera este personaje, con esta actitud y con esta polémica, ya no existiríamos. Sencillamente”.
De una manera insospechada, [Loquillo] consiguió un contrato de grabación con una pequeña compañía dedicada a la producción de casetes para expositores y regentada por Los Guacamayos, una especie de fabulosos Baker Boys a la catalana, apunta Sabino.
La compañía Cúspide le propuso, en 1980, hacer un disco atendiendo al hecho de que habían oído de él que tenía una banda y de que su popularidad crecía en determinados círculos gracias a sus artículos y su programa de radio. Lo que no sabía la compañía en cuestión era que la “banda” respondía a una banda callejera de amigos que se dedicaba a sus particulares cosas.El grupo se lo tuvo que inventar para entrar en el estudio. Después de grabar unas cuantas canciones con todos los amigos que pudo reunir se consideró que Los Intocables podían defender esas canciones en directo. “Ahora hay culto por Los Intocables. Era la banda más punkie que había. Hicimos algo impresionante de lo que me doy cuenta ahora. Un motorista, un punk, un mod y yo”, recuerda con un cierto aire de pasión en los ojos.Según Sabino