Patio de Butacas: Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock. Titulos de crédito por Saul Bass

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En la vida siempre recurres a modestos asideros que te permiten renovar el espíritu de vez en cuando, especialmente en esos momentos en los que la soledad te asalta por sorpresa. En mi caso, la soledad se manifiesta de manera descarnada en esas características tardes de domingo de los inviernos. Pero no quiero que se me malinterprete. La soledad tiene una reputación desastrosa, pero en sí misma no es en absoluto despreciable. Es más, en muchos momentos es necesaria, agradecida y alentadora. Es cuando aprovecho para tirar de filmoteca. Y una película a la que vuelvo con bastante asiduidad es, precisamente, “Vértigo” de Alfred Hitchcok (1958).

“Vértigo” es una película de ésas que demandan tu atención más intensa; tal es así, que no basta un único visionado. Contiene tantas sugerencias encubiertas que es absolutamente imprescindible volver a verla repetidamente. Y tienes el riesgo de caer en la obsesión. Precisamente, el tema sobre el que pivota todo el film: la obsesión compulsiva y destructiva. Los intrincados meandros psicológicos de la película, de sus personajes, hacen que el film sea de una complejidad asustante.

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“Vértigo” ha sido aclamada por muchos especialistas como la mejor película de Hitchcok, aunque es muy difícil defender tal aseveración, teniendo en cuenta el repertorio del genial director británico. Ahora bien, quizás los cincuenta sí sean la mejor década de Hitch rivalizando con sus films de la década de los cuarenta. Personalmente, mi película preferida del mago del suspense es aquélla traducida como “Con la muerte en los talones” o “North By Northwest”, interpretada por un irresistible Cary Grant, precisamente la película que Hitchcock rodó después de “Vértigo”.

El film que nos ocupa cuenta como protagonista a uno de los actores fetiche del británico, James Stewart y a una rubia despampanante y verdadera estrella del cine de los cincuenta, Kim Novak. Stewart obtuvo el premio de interpretación en el Festival de Cine de San Sebastián por su papel en la película (Hitch obtuvo el premio al mejor director).

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No obtuvo unas críticas nítidamente favorables en Estados Unidos. Sin embargo, fue una auténtica revelación para el público y cineastas europeos, que vieron en el film un asombroso juego psicológico, expuesto a través de técnicas cinematográficas únicamente al alcance del gran Hitchcok. Concretamente, Hitch era admirado hasta la reverencia por el puñado de cineastas franceses que conformaron lo que luego se llamó “Nouvelle Vague”, entre los que se destacaba mi querido François Truffaut, quien tuvo el privilegio de entrevistar a Hitchcok y, de resultas, publicar un libro imprescindible sobre el genio del suspense.

“Vértigo” contiene alicientes verdaderamente esenciales y necesarios: empezando por su pareja protagonista, pasando por su impecable fotografía (creada por Robert Burks, colaborador de Hitch en doce films) y la música sublime de Bernard Herrmann, el músico que alababa a Hitch como uno de los pocos directores que le dejaba una libertad creativa absoluta. Respecto a la música de la película, Scorsese llegó a decir (Herrmann fue el compositor de la banda sonora de “Taxi Driver”): “La película de Hitchcok trata sobre la obsesión, lo que significa volver continuamente al mismo preciso momento una y otra vez….y la música está construida en círculos y espirales, realización y desesperación. Herrmann realmente comprendió lo que Hitchcock iba buscando…..quería penetrar el corazón de la obsesión”.

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“La música en un film debe suplantar lo que los actores no pueden decir, puede dar a entender a la audiencia sus sentimientos, y debe aportar lo que las palabras no son capaces de expresar. Al menos si estás tratando con una temática emotiva, que es lo que debiera proponerse cualquier banda sonora. Pero si estás tratando con una película del estilo de Hitchcock o similar, y entiendes que una película es una colección de segmentos de imágenes artificialmente unidos en el montaje, es entonces la función de la música el soldar esos fragmentos en un solo que el espectador crea que es una secuencia única y compacta”
(Bernard Herrmann)

Y, el resto, se resume en la maestría formal de Hitch: las localizaciones (la película se rodó en San Francisco, escenario, además, de la “premiére” mundial del film), la manera característica de transmitir al espectador lo que el espectador no puede ver, pero intuye; el juego psicológico con el propio espectador, cómplice y confidente de las obsesiones de Stewart…….y la forma narrativa de la película, completamente subyugante en su estructura de planos, secuencias……

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Obra imperecedera del cine, una película que hace completamente plausible que una cinta cinematográfica se convierta en obra de arte. Un recurso infalible para las cálidas y solitarias tardes de domingo invernales: adentrarse en el torbellino del alma humana, esa abstracción inaprensible que contiene lo más excelso y lo más abyecto del ser humano. El ser humano que todos somos. Un relato, de por sí hipnotizante, que nos conduce a las más abismales profundidades de la obsesión. La obsesión romántica, ingrediente que viene irremediablemente unido al amor, a la pasión; en definitiva, a la vida.

Y llegados a esa parte que todos estabais deseando, los títulos de crédito del film que hemos elegido en esta ocasión, para deleitaros y que estéis tan informados como lo estamos ahora nosotros. Contaros pues que su autor atendía al nombre de Saul Bass y fue un reconocido diseñador gráfico neoyorquino que revolucionó un elemento del séptimo arte hasta ese momento menospreciado, precisamente “los títulos de