La afirmación brillante de una leyenda denostada: McCartney en Madrid. 2 de junio de 2016

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En años pasados, e incluso recientemente, Paul McCartney suscitaba los recelos más acerados entre comunidades de aficionados y conocedores musicales con los que podía coincidir; ha sido tachado de gazmoñería sonora, de rendir pleitesía a la comercialidad más aviesa. En definitiva, mis alabanzas del músico de Liverpool caían en saco roto, aderezadas por comentarios irónicos y rayanos en el desprecio más cruel.

McCartney ha transitado su carrera entre fracasos estrepitosos (sobre todo, durante los años ochenta, durante los años de búsqueda por contemporizar con novedades sonoras y tendencias comerciales) y logros artísticos irrepetibles que, no por ello, fueron tratados con menos displicencia por los círculos más resabiados del ámbito musical: admitir tu admiración por Macca suponía, muchas veces, ser objeto de mofa y ser tachado de blandengue.

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Paul-McCartney-Madrid-junioEl pasado 2 de junio, en la actuación que McCartney ofreció en Madrid, el bajista de los cuatro fabulosos puso empeño en desmentir sus meteduras de pata artísticas (que las tiene y muy evidentes), y pareció que su orgullo se alzó como baluarte para combatir su imagen – que él mismo ha cultivado en muchas ocasiones – de autor melódico, muchas veces pachanguero, y autor de canciones que albergaban el calificativo de hortera.

Evidentemente, quien conozca la trayectoria musical del músico británico, difícilmente puede compartir ese cliché: Macca puede considerarse uno de los músicos más importantes del pop, uno de los compositores más prolíficos y más creativos que todavía se mantienen en activo y un intérprete consumado. Quien conozca el planeta musical de McCartney, sabe qué es adentrarse en un universo con multitud de paletas sonoras.

La afirmación de su valía artística (si realmente necesitara de ello) se plasmó una noche de junio, entre las gradas del estadio Vicente Calderón: su concesión a la nostalgia se materializó en escoger un repertorio “Beatle”; el acorde inaugural de “A Hard Day’s Night” – ese que George Harrison introdujo con su Rickenbaker de doce cuerdas – supuso el pistoletazo de salida de un espectáculo impecable, medido hasta la perfección, con cucharadas dispensadas milimétricamente a una audiencia ávida de corear los himnos beatle de referencia. Sin embargo, hasta la reverencia hacia la carrera de los Beatles contuvo muchas sorpresas: la inclusión de canciones oscuras de su repertorio dentro de los fabulosos (“You Won’t See Me”, “Birthday” e incluso la primera canción que los Beatles – John, Paul y George- grabaron como The Quarrymen “In Spite of all the danger”, en 1958; “I’ve Got a feeling”….) fue un soplo cálido dirigido a reivindicar un legado abrumador y nunca lo suficientemente reconocido ya sea por simple desconocimiento o por ínfulas de modernidad mal entendida y asimilada.

Su obra con un grupo injustamente vituperado, Wings (incluso objeto de pocas simpatías por el propio Macca) contiene obras impecables, muchas de ellas incluidas en el repertorio madrileño, como la infecciosa “Let me Roll It” o la genial “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, ambas de esa obra maestra titulada “Band On the Run”, cuya canción homónima también se incluyó en el repertorio del Manzanares.

La tercera base del impecable concierto en Madrid recayó en canciones de la carrera en solitario de Macca, quizá la parte más débil del bolo, pues dejó de lado obras maestras contenidas en discos ambiciosos y artísticamente jugosos – no encontramos rastro de coplas contenidas en, digamos solo tres más o menos recientes “Drivin’ Rain”, “Flamin’ Pie” o “Chaos and Creation in the Backyard”-, aunque mostró obras imperecederas como “Maybe I’m Amazed”, de su debut inmaculado después de la traumática ruptura con The Beatles.
Su admiración personal hacia sus antiguos compañeros de banda, la inevitable conmemoración de aquellos que ya no están en este mundo material, se tradujo en variados homenajes a Lennon (el más sorprendente, “Being for the benefit of Mr Kite” de “Sergeant Pepper’s”, una canción heráldica de la psicodelia, como, por otra parte, el álbum en su totalidad) y en la casi exacta repetición de su versión de “Something” de Harrison, interpretada por primera vez en el concierto homenaje a George un año después de su muerte, con el ukelele como catalizador instrumento.

Lo más destacado de su reivindicación de orgullo artístico fue la capacidad interpretativa del músico, autor de obras maestras incontestables. Pasando por alto su debilidad vocal (su edad no ayuda a alcanzar las notas álgidas de muchos de sus temas más celebrados), McCartney empuñó su glorioso bajo Hofner, y, lo más llamativo, se colgó la eléctrica en uno de los mejores momentos del bolo: un homenaje a Hendrix con “Foxy Lady” enlazando con la sublime “I’ve Got a feeling” y su rendición de una de sus mejores obras, el medley de “Golden Slumbers” incluido en “Abbey Road” que supuso el broche final……;atacó el piano en interpretaciones  espléndidas, como “Lady Madonna” y empuñó la acústica en momentos intensamente cálidos en su estupenda ejecución de “Here, Today” – su personal comunicación con Lennon -, la inmortal “Blackbird” y la inevitable “Yesterday”. Solamente faltó que Macca se sentara tras la batería (sí, McCartney también profesa su amor por este instrumento, y su técnica es asombrosa, ejemplificada en muchas de sus obras: siempre corrió la broma de que Paul era el mejor baterista de The Beatles).
Su banda merece un elogioso comentario: el sonido conseguido es consecuencia de la coherencia encontrada entre Rusty Anderson (reputado guitarrista norteamericano, colaborando con Paul desde “Drivin’ Rain” en 2001), Abe Laboriel Jr. (virtuoso baterista, músico de sesión y también colaborador de Macca desde 2001), Brian Ray (guitarrista y bajista, músico de sesión de rancio abolengo, colaborador de artistas tan grandes como Etta James o Peter Frampton) y el único británico de la banda, además de Macca, el gran Paul Wickens, teclista y acordeonista en el concierto y fiel colaborador de Paul desde 1989.
La perfección musical y emocional de un concierto memorable supone, para aquellos que quieran aceptar y conocer el legado de James Paul McCartney, una obvia reivindicación y una asertiva afirmación de un genio musical que ha sido vituperado, despreciado e incluso aborrecido dentro y fuera del mundillo musical: obviamente y, como suele suceder, Paul siempre ha sido respetado por sus colegas de profesión, recorriendo un panorama sonoro que incluye tantas y tantas obras geniales, que costaría tiempo desgranar de manera minuciosa. El concierto de Macca en el Calderón podría servir para acallar comentarios maliciosos y supondría una inútil reivindicación de uno de los genios del pop, con mayúsculas. El verdadero rey del pop (con permiso de, en mi personal opinión, Brian Wilson y Ray Davies) supo desgranar parte de su impecable oficio durante tres horas y cuarenta canciones en el bolsillo, con la ayuda de una banda de inusual solidez y una profesionalidad a prueba de sandeces proferidas desde la ignorancia.