Mucho se ha hablado últimamente sobre la apisonadora mercantilista de esos Stones que un día dieron importancia a la música: el patetismo destilado por personas mayores aplicándose con desgana a la interpretación de los mismos temas, los mismos grandes jits, jaleados por la afición que practica la adoración a una idea transmitida a lo largo de generaciones (la bondad musical de la banda londinense y su – supuesto- apabullante directo), en definitiva, que acuden para ser testigos de,  en su mayoría, un legado de marca.
Todavía me resulta dramático contemplar el rostro de escepticismo de Charlie Watts, quien, al menos, aplica su musicalidad a sesiones y discos de jazz cuando las obligaciones mercantilistas de los Stones se lo permiten. El último golpe de efecto: tocarán en La Habana, abanderando el supuesto aperturismo de la isla comunista… Todo menos lo esencial: la música ¿recuerdan?
La senectud no está reñida con la calidad; ejemplos ilustres cuentan entre lo mejorcito del directo actual: un ejemplo de calidad es Nick Lowe, quien, a sus 66 años, sigue tocando (a pecho descubierto las más de las veces, desnudo con su guitarra y su renovado repertorio) y no digamos los abundantes y ninguneados músicos de blues y jazz que pueblan los carteles de directos sepultados por el poder económico de grandes distribuidoras y dinosaurios de la industria. Quizás la lección de Allen Toussaint, quien se reinventó y supo reencarnarse en un intérprete sublime en sus últimos años, pueda servir como referente.

The Faces 1972Comentarios tales me han inspirado a bucear en lo contrario: la frescura exhalada la música interpretada desde el espíritu desenfadado, pasional, encarnado en la figura de un intérprete casi absolutamente desconocido por las generaciones actuales y apenas recordado por las anteriores. Ronnie Frederick Lane, miembro fundador de la banda británica The Small Faces, artífice del mejor rock and roll con los Faces y abanderado de eso que ahora llaman mestizaje (¿qué música no es resultado de dispares y variadas influencias?) durante su carrera musical en solitario junto a su grupo Slim Chance (cruda y consciente ironía: Lane llamó a su banda “Escasa Probabilidad”, sabedor de que su proyecto no llegaría del todo a convencer al establishment musical de la época)
Lane ejemplificó como pocos la pura diversión de tocar en una banda de rock and roll: su inagotable capacidad de disfrute, sobre todo expresada encima del escenario, solamente tocó a su fin cuando fue diagnosticado con esclerosis múltiple, a principios de los ochenta. Ejemplo de músico respetado por sus coetáneos (contó con la admiración personal de muchos amigos como Pete Townshend – con quien grabó un álbum excelente, “Rough Mix”- Jimmy Page, Eric Clapton – con quien compuso varios temas en su última etapa en activo – ….), dilapidó su fortuna obtenida durante su época en los Faces para embarcarse en la vida que quiso vivir: un músico ambulante con un sentido intenso de la música interpretada y el honesto objetivo de transmitir su disfrute al público asistente. Su ruina económica fue un acicate para que sus músicos amigos se pusieran en marcha para acudir en su ayuda, aunque eso  originaría otro apartado en estas queridas páginas….
Portador de las mejores esencias cockney del East End londinense, Lane fue uno de esos intérpretes que encierran las esencias más universales partiendo de un epicentro geográfico determinado. Sus canciones exudan aromas locales (Ray Davies quizás sea el único abanderado actual ilustre de las escenas locales del Londres más genuino) alcanzando una sofisticación compositiva puramente personal.
La humildad y falta de vanidad, tan inusual en las mal llamadas “estrellas” del rock and roll, fueron rasgos que determinaron fatídicamente su carrera y su glorioso talento pero de los que nunca pudo ni quiso desprenderse. En un ámbito en el que abundan tendencias maliciosas que no tienen nada que ver con el arte de componer e interpretar canciones, Lane supo hacer lo que siempre le vino en gana.
Aquí le tenéis junto a una banda de una calidad más que excepcional: empezando por el pianista, Ian Stewart, fundador de los Stones y una pieza fundamental en el devenir del mejor Rhythm and Blues británico, un pianista de una calidad asombrosa; pasando por Henry McCollough, guitarrista de solvencia impecable, miembro de la Grease band – banda de Joe Cocker en sus primeros y mejores tiempos e integrante de la banda de Paul McCartney durante los setenta, los Wings, entre otras-; y acabando en Bruce Rowland, baterista con los Fairport Convention .
Una grabación para el programa de televisión de la antigua Alemania del Oeste, “Rockpalast”, el 19 de marzo de 1980, con Un Ronnie Lane en horas bajas (por aquélla época ya empezaba a sentir síntomas de su enfermedad) pero que, aún a pesar de ello, seguía encarnando la sincera felicidad de tocar, la pasión inherente de su alma vagabunda de muchacho. Ejemplifica, en mi más sincera opinión, la devoción musical expresada no en un alarde de técnica, sino en la conjunción de sentimientos entre los músicos, la descarga emocional que transmiten hacia el público. Lane siguió conservando la orgía de música y diversión que supieron transmitir los mejores Faces. Incluso en sus horas de declive. Supo conservar la llama del calor abrasador de la música, del más puro y divertido rock and roll.