Blade Runner. La asfixiante identidad del ser humano.

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Descubrí a Ridley Scott en el momento álgido de la invención de los reproductores de vídeo, ese invento mágico que me permitió rebuscar películas que ni por el forro pudiera haber soñado verlas de un tirón y sin cortes publicitarios mastodónticos que se han instalado ya en nuestras vidas cotidianas.

Esos tiempos en que el sistema Betamax era lo más de lo más y en que la televisión pública (no existían las privadas) emitía cine de altísima calidad y sin la carga comercial inexcusable que actualmente masacra la programación televisiva. ¿Recuerdan? Parece un mundo de ilusión, solamente existente en los cuentos, pero juro por lo que más quieran que todo ello existió, en una galaxia no muy lejana…

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Pues, como iba diciendo, en los prehistóricos videoclubs, descubrí una peliculita curiosa, basada en un tremendo relato de Joseph Conrad titulado “El Duelo”. La película estaba dirigida por el director de un film que ya había visto en el cine, “Blade Runner”; no era otro que Ridley Scott y el vídeo beta que pillé ese día afortunado fue “Los Duelistas”, una bellísima película sobre el implacable destino de dos hombres que deben optar entre la vida o la muerte.

Curiosamente, empecé, sin darme cuenta, por el principio: “Los Duelistas” fue y es el debut cinematográfico de Scott. Fue entonces cuando me fijé en Scott y fue entonces cuando quise ver, por segunda vez, “Blade Runner”. Cuando la vi por primera vez, fue por admirar el inmenso talento de su protagonista Harrison Ford. Por entonces, nadie imaginaba el impacto cultural que esta película extraña, densa y sofocante iba a adquirir con el paso del tiempo, ese aliado implacable que todo pone en su sitio. Una asfixiante película sobre la identidad del ser humano.

“Blade Runner” es, siempre bajo mi humilde percepción, una película con un trasfondo de cine negro. Ese cine negro prodigioso de los años cuarenta y cincuenta, (no lo olvidemos, genuinamente norteamericano), que ensalzó el espíritu de los perdedores, aprovechando para lanzar sutiles, pero ácidas, críticas a la sociedad contemporánea. Scott escogió ese trasfondo para describir una sociedad deshumanizada por completo, una sociedad en la que imperan las apariencias. Incluso el personaje de Ford tiene claras referencias a detectives desencantados y cínicos que poblaron las pantallas gloriosas del mejor Hollywood.

“Blade Runner” es una película con un halo oscuro. La música de Vangelis, el compositor griego que saltó a la fama a partir de su afamada banda sonora para “Carros de Fuego” por momentos suaviza y amortigua la sensación de completa alienación, sobre todo con esa delicia que supone el “Love Theme”, con su saxo apaciguador. Sin embargo, a menudo se apareja con ese desasosiego que rezuma la película y se convierte en una absoluta obra maestra. Música que expresa múltiples sentimientos, música que descorazona, que exalta, que inquieta, que suaviza, que llena de zozobra.

“Blade Runner” es espeluznante. La maldad, el horror, del ángel blanco Rutger Hauer, siempre me recordó a los fríos asesinos de la Gestapo. Y la aparente inocencia de Daryl Hanna, escondiendo el corazón de las tinieblas, me puso cachondo en mi despertar sexual de la tempranísima adolescencia.

Una película visionaria: Los Angeles 2010, oscuridad, tecnología avanzada, ¿dónde quedan las virtudes humanistas? ¿En qué lugar queda la naturaleza? ¿en qué lugar jugarán los niños? ¿Alguien ha visto la luz del sol?

Y, por último, en esta era de autoafirmación de la identidad (¿verdadera? ¿virtual?), en estos tiempos de proliferación de espacios auto redentores como el facebook (si no estás, ¿existes?), la búsqueda de la identidad del ser humano. ¿Realmente se es como se aparenta? ¿Realmente somos como creemos que somos? La realidad, ¿es tal y como la percibimos?

No entendí “Blade Runner” cuando la vi y me quedé estupefacto: no podía creer que mi héroe, Harrison Ford, pudiera haber protagonizado una película tan espantosamente extraña y desasosegante como aquélla. Pero precisamente por ello, me empeciné en volver a verla. Aunque esperé.

Nada es más inquietante que una obra de arte; una obra de arte provoca cuestionarte tu propia realidad. Y “Blade Runner” es una obra de arte.

Y yo me uno a Ragtime cuando dice que no la entendió la primera vez que la vió…pero sin embargo la vimos, seguro, entera. Porque quedas totalmente atrapado por ella, quizá no por su historia, que tienes que ir analizando más lentamente en posteriores ocasiones, junto con esos diálogos, casi monosilábicos, simbólicos que te esfuerzas en analizar. Algo que ha hecho muy bien Ragtime en su texto.

La primera vez que la ves, que nunca es la única, te atrapa un mundo extraordinariamente ambientado, un mundo de tinieblas formado casi únicamente por luces y sombras, por humos que se mueven despacio entre rayos de luz oblícuos, cónicos, convexos o deformes.

Te atrapan sus personajes misteriosos mostrados siempre entre tinieblas, iluminados por haces de luz que atraviesan las persianas creando rostros rayados, rostros retadores, sugerentes, con miedo.

Creo que toda esa atmósfera, que para mí es el alma de la película, no hubiese sido posible sin Ridley Scott ese buscador incansable del efecto lumínico, perfeccionista en el tratamiento de la iluminación, no hay una escena en que la trayectoria de la luz no esté calculada, el efecto minuciosamente expresado. Esto lo veréis no sólo en la cinta de la que hablamos, sino en cualquiera de sus películas que estéis dispuestos a ver.

Como personaje impactante me quedo con Priss, por esa mezcla de ternura y violencia. Enamorada en silencio de Deckard se transforma en una bestia en defensa propia. Esta escena que os dejamos es de las más inquietantes del film y dónde podéis ver claramente el protagonismo de la luz.

Os aconsejo que la volváis a ver si ya no recordáis la fecha en que lo hicisteis.